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A 140 años del nacimiento de Martin Gusinde: el monumento de gratitud y el alma del fin del mundo

Foto del escritor: Equipo Gusinde
Equipo Gusinde
hace 5 días
4 min de lectura

El 29 de octubre de 2026 conmemoramos 140 años del natalicio de Martin Gusinde, una fecha que invita a celebrar no solo al etnólogo o al sacerdote, sino la profunda transformación interior de un hombre que supo mirar donde el mundo sólo veía sombras. Frente al presuntuoso egoísmo de la cultura europea y los prejuicios de su época, que tachaban a los habitantes de Tierra del Fuego de seres degradados o carentes de humanidad, la experiencia vital convirtió a Gusinde en el apóstol de una empatía revolucionaria. Al internarse en el territorio helado, comprendió que para penetrar en la intimidad de sus vidas debía emprender un despojo voluntario: "tuve que despojarme poco a poco de la insana estrechez mental de nuestra hipócrita cultura europea, para ser capaz de pensar, sentir y juzgar con arreglo a la original forma india".


En el seno de las humildes chozas azotadas por la tempestad, Gusinde no halló el retrato caricaturesco de salvajes brutales, sino la revelación de un alma noble y una espiritualidad cristalina.


En su acta de bautismo, de Breslau, se lee: "En el año 1886, el 29 de octubre a la 1.30 de la tarde, nació un hijo del fabricante de embutidos Aegidius Gusinde -residente en esta localidad, en la calle Matthiasstraße Nº 58- y de su esposa Bertha, de soltera Hentschel, el cual recibió en el santo bautismo los nombres de Martin Josef".
En su acta de bautismo, de Breslau, se lee: "En el año 1886, el 29 de octubre a la 1.30 de la tarde, nació un hijo del fabricante de embutidos Aegidius Gusinde -residente en esta localidad, en la calle Matthiasstraße Nº 58- y de su esposa Bertha, de soltera Hentschel, el cual recibió en el santo bautismo los nombres de Martin Josef".

Entre los selk'nam, yaganes y kawésqar descubrió a verdaderos "ascetas en sus pretensiones", hombres y mujeres que habitaban la más extrema escasez material con dignidad inquebrantable, y que profesaban una fe arcaica en un único Ser Supremo.


Lejos de la indiferencia religiosa que les atribuía el juicio apresurado de otros observadores, escuchó con conmoción las plegarias que los yaganes elevaban a Hidábuan ("Nuestro Padre") en medio del oleaje embravecido: "¡Sé bueno hoy con nosotros, padre mío!". Descubrió así que sus ritos y sus severas escuelas de iniciación no buscaban la coerción, sino grabar en el corazón de los jóvenes un principio pedagógico de sublime altura: convertirse en un "hombre bueno y útil para la tribu".


Ese encuentro trascendió la labor de investigación para convertirse en un lazo de hermandad indestructible. Gusinde se volvió un Koliot* muy diferente para los fueguinos porque no llegó con la arrogancia del conquistador, sino con la actitud del amigo que comparte el asado de guanaco alrededor de la hoguera, cura a los enfermos con su pequeño botiquín y ríe sin afectación con los niños.


"Este Koliot tiene que ser una buena persona porque juega de forma cordial con nuestros niños", susurraba una anciana india al verlo integrado en los juegos infantiles. En el contacto directo con la infancia y la vida comunitaria, el sacerdote halló una alegría pura que sanaba cualquier melancolía: "los muchos meses vividos con ellos -confesaría tiempo después- me enriquecieron espiritualmente y me dieron a conocer una verdadera humanidad". Cuando el frío y el escorbuto amenazaron su vida en las montañas heladas durante el crudo invierno de 1923, fueron sus propios amigos indígenas, Tóin y Hótech, quienes arriesgaron su existencia para guiarlo y salvarlo de la muerte.


Breslau, antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial
Breslau, antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial

Sin embargo, cada día de convivencia estuvo atravesado por el dolor silencioso de presenciar un crepúsculo inevitable. Gusinde contempló con angustia la devastación causada por la codicia colonial y las epidemias importadas, que extinguían en cuestión de semanas a campamentos enteros y a sus más queridos maestros de la tradición ancestral.


Pese a que a lo largo de los años la comunidad científica internacional y diversas naciones colmaron su trayectoria de distinciones -siendo nombrado ciudadano de honor de la ciudad de Mariazell, de la ciudad comercial de Maria-Enzersdorf, y de la ciudad comercial de Laxenburg; miembro del Instituto Anthropos; miembro correspondiente de la Academia Austriaca de Ciencias; miembro correspondiente de la Sociedad Alemana de Antropología y Genética Humana “la Leopoldina", en ciudad de Halle an der Saale; miembro correspondiente de la Academia Chilena de Ciencias Naturales, Santiago de Chile; destinatario de la Condecoración de Honor de Austria por la Ciencia y el Arte; destinatario de la Gran Cruz al Mérito de la Orden del Mérito de la República Federal de Alemania; destinatario de la Gran Condecoración de Honor de Oro por sus servicios al Estado de Baja Austria; destinatario del Anillo de Honor de la Ciudad de Viena; destinatario de la Gran Condecoración de Honor de Plata con la Estrella al Mérito de la República de Austria; Doctor Honoris Causa de la Universidad Católica de Chile; y muchos otros honores y premios-, nada de esto alteró jamás la profunda y sencilla humildad de su espíritu. Frente al brillo de las academias y el peso de las condecoraciones, el sacerdote silesiano mantuvo intacta la discreción de quien jamás buscó la vanidad personal; para él, el verdadero tesoro de su vida no estaba grabado en pergaminos ni en medallas de oro, sino en el afecto puro que le brindaron los olvidados del fin del mundo.


Y así, al momento de decir adiós a los canales australes, mientras sentía "casi horror de volver a la poco cariñosa y egoísta civilización", se apoyó pensativo en el cerco cubierto de musgo de un pequeño cementerio desolado frente al mar. Allí, mirando el horizonte donde las olas parecían susurrar un responso interminable a los ausentes, dejó plasmada la promesa de su vida:


"Y cuando a mí, quizás como último fueguino, me lleven a la tumba, habré elevado con esta descripción un monumento de gratitud a mis hermanos de tribu, al poner de manifiesto que son hombres perfectos con capacidad de trabajo y carácter, con alma y corazón. El futuro ya no podrá olvidar a mis indios".


Al celebrar este 29 de octubre de 2026 los 140 años de su natalicio, entendemos que el homenaje más justo a Martin Gusinde no reside en admirar los tomos de su monumental obra etnográfica, sino en abrazar la mirada con la que honró a sus semejantes. Su vida nos enseña que el verdadero conocimiento nace del amor, del respeto incondicional y de la capacidad de reconocer la dignidad en el rostro del otro. Aquel monumento de gratitud erigido en medio del invierno y la extinción no fue una elegía a la muerte, sino la luz inmortal con que los descendientes selk'nam, yagán y kawésqar mantienen hoy encendida la voz, la memoria y la invencible dignidad del fin del mundo.


  • Koliot: palabra utilizada en selk’nam para designar al hombre blanco, extranjero o "civilizado".

 
 
 

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